La Reconquista de Hispania (718–1492)

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El período histórico convencionalmente conocido como la Reconquista es uno de los más complejos y fascinantes de la Península Ibérica. Su delimitación cronológica tradicional abarca desde la batalla de Covadonga —donde Pelayo lideró la primera victoria cristiana contra las fuerzas del Califato Omeya, en torno a 718-722— hasta la conquista del Reino nazarí de Granada por los Reyes Católicos en 1492. Estos aproximadamente 770 años son demasiado densos para tratarlos en profundidad; nos limitaremos a los hitos principales.

Diorama de la rendición de Granada en 1492 con miniaturas de los Reyes Católicos y Boabdil, fondo pintado al óleo, colección del Museo L'Iber, Valencia
Diorama de la rendición de Granada en 1492 con miniaturas de los Reyes Católicos y Boabdil, fondo pintado al óleo, colección del Museo L’Iber, Valencia

Covadonga y los reinos del norte

La batalla de Covadonga, o más bien la escaramuza así denominada, está envuelta en misticismo y leyenda. De ella se considera que nace el Reino de Asturias, primer núcleo de resistencia cristiana en el norte peninsular. Desde allí, el reino fue expandiéndose progresivamente hacia el sur: trasladó su capital a la conquistada ciudad de León y adoptó el nombre de Reino de León.

De las sucesivas divisiones dinásticas, uniones y guerras surgieron varias entidades políticas. Al oeste, el Reino de Galicia (910–1109) se consolidó en torno al descubrimiento de los supuestos restos del Apóstol Santiago, cuyo culto tejió el Camino de Santiago como vía de conexión con la Europa cristiana. Portugal proclamó su independencia del Reino de León por las armas en 1139 y creció hasta convertirse en el estado actual. Al este, el condado fronterizo de Castilla fue elevado a reino en 1065 y acabó aglutinando a León y Galicia bajo la Corona de Castilla, convirtiéndose en la entidad política dominante y pieza fundacional principal del futuro Reino de España. Estas divisiones favorecieron la evolución del latín vulgar en lenguas diferenciadas que perviven hoy: castellano, asturleonés, fala, gallego, valenciano, catalán y portugués.

El otro foco de resistencia cristiana fue el pirenaico. Tras la conquista musulmana, los carolingios intervinieron en el noreste peninsular a finales del siglo VIII creando la Marca Hispánica, serie de condados destinados a defender la frontera sur del Imperio carolingio. Paulatinamente estos señoríos fueron ganando independencia de los francos, dando lugar a tres entidades distintas: el Reino de Pamplona —luego Navarra—, los condados del Pirineo central que se aglutinaron en el Reino de Aragón, y los condados catalanes con Barcelona a la cabeza. Aragón se expandió más tarde englobando los condados catalanes por unión dinástica y, después, por conquista, crearía los reinos de Valencia y de Mallorca.

Al-Ándalus: del emirato al califato

Mientras tanto, en el sur, la administración omeya organizó el territorio conquistado bajo el nombre de Al-Ándalus. El estado atravesó tensiones internas entre élites árabes, tropas bereberes y población autóctona, tanto conversa al islam como cristiana. En este contexto, el exiliado Abd al-Rahmān I, uno de los escasos supervivientes de la dinastía omeya tras la revolución abasí, tomó el control y proclamó en 756 el Emirato de Córdoba, independiente del Califato abasí de Bagdad. La edad de oro de Al-Ándalus llegaría con Abd al-Rahmān III y la proclamación del Califato de Córdoba: un período de poder, prosperidad y relativa tolerancia religiosa en el que Córdoba rivalizaba con Bagdad y Constantinopla como centro del saber y las artes.

El avance cristiano: de Toledo a las Navas

Durante la primera fase, el Califato de Córdoba mantenía la hegemonía peninsular: exigía tributos a los estados cristianos, lanzaba incursiones militares y arbitraba sus disputas internas. La muerte del caudillo militar Almanzor en 1002 desencadenó un rápido proceso de fragmentación que desmembró el califato en pequeños reinos independientes conocidos como reinos de taifas.

Este fraccionamiento aceleró el empuje cristiano. Los reinos del norte pasaron a recaudar tributo —las parias— de los desunidos emiratos del sur, y ciudad tras ciudad fueron cayendo bajo su control. En 1085, Alfonso VI de León tomó Toledo, antigua capital visigoda: una victoria militar y simbólica de primera magnitud.

Diorama de muralla islámica con figuras de soldados moros y cristianos en combate, colección histórica medieval del Museo L'Iber, Valencia
Diorama de muralla islámica con figuras de soldados moros y cristianos en combate, colección histórica medieval del Museo L’Iber, Valencia

En el Museo L’Iber se conserva un impresionante diorama que recrea precisamente el asedio de Toledo. La escena, construida con figuras de la línea Miniplom de Alymer, muestra las murallas de la ciudad —con su característica puerta de arco de herradura— mientras dos ejércitos se enfrentan al pie de la fortaleza. La fotografía es obra de Maurizio Corona.

Alymer fue una marca española fundada en Valencia por Ángel Comes, especializada desde su origen en la producción de figuras de metal de coleccionismo en escala 20 mm y luego 54 mm. Su línea Miniplom, orientada a miniaturas de gran calidad, se convirtió en referencia para coleccionistas de toda España y Europa. Las series medievales de Alymer —con infantería y caballería de los reinos peninsulares— figuran entre las más valoradas de su catálogo.

Dos siglos después de la toma de Toledo, Alfonso X el Sabio institucionalizaría allí la célebre Escuela de Traductores, lugar de encuentro entre las tradiciones cristiana, musulmana y judía.

La caída de Toledo alarmó a las taifas, que solicitaron ayuda al Imperio almorávide, al otro lado del estrecho. De origen bereber y obediencia coránica estricta, los almorávides conquistaron en pocas décadas los reinos de taifas y frenaron temporalmente el avance cristiano, arrebatando Valencia a la viuda de Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid) en 1102, tres años después de la muerte del héroe castellano en 1099. Sin embargo, el dominio almorávide sobre Al-Ándalus duró apenas una generación: el fracaso ante Toledo, la caída de Zaragoza ante Alfonso I el Batallador, las revueltas de andalusíes y mozárabes, y el empuje almohade precipitaron un segundo período de taifas.

Los almohades, de doctrina aún más rigorista, cruzaron el estrecho para someter a almorávides y taifas por igual. La nueva amenaza fue de tal magnitud que Alfonso VIII de Castilla formó una coalición con Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón, a la que se sumaron los maestres de las órdenes militares de Santiago y Calatrava y numerosos cruzados europeos, pues el papa Inocencio III había declarado Cruzada en Iberia. El 16 de julio de 1212, en las Navas de Tolosa, las fuerzas coaligadas infligieron una derrota abrumadora al califa almohade Muhammad al-Nasir. La debacle y la posterior muerte del califa marcaron el principio del fin del Imperio almohade y abrieron un tercer período de taifas.

La conquista final: Jaime I y la entrada en Valencia (1238)

La supremacía cristiana en la Península se volvió incontestable. La Corona de Castilla conquistó las taifas andaluzas mientras Portugal completaba su expansión con la toma del Algarve.

En la costa oriental, la Corona de Aragón bajo Jaime I el Conquistador se apoderó de las Islas Baleares (1229–1235) y del reino de Valencia (1233–1245). La conquista culminó el 28 de septiembre de 1238, fecha en que Jaime I entró en la ciudad de Valencia tras la rendición del gobernador Zayyan ibn Mardanish. Este hecho tiene una vinculación directa con el solar donde hoy se levanta el Museo L’Iber, como contaremos en un próximo artículo.

Miniaturas de caballeros medievales con pendones de la Corona de Aragón y arneses pintados, colección histórica del Museo L'Iber, Valencia
Miniaturas de caballeros medievales con pendones de la Corona de Aragón y arneses pintados, colección histórica del Museo L’Iber, Valencia

El Museo conserva un diorama excepcional que recrea esta entrada triunfal. La escena se inspira en los frescos del Castillo de Alcañiz (Teruel), ciclo pictórico del siglo XIII considerado uno de los testimonios iconográficos más tempranos de la conquista. A la izquierda, la población mora contempla el avance de las tropas aragonesas encabezadas por figuras con armaduras y estandartes de las barras de Aragón; al fondo, un telón pintado al óleo evoca el perfil de la ciudad y su castillo.

Las figuras son obra de Carmelo Loreto, uno de los grandes autores de la figura Toy española, con una dilatada trayectoria en la creación de miniaturas históricas estrechamente vinculada al Museo L’Iber.

El tercer diorama muestra a la caballería aragonesa con las características barras rojas y amarillas en mantos y gualdrapas, avanzando en formación de combate bajo el pendón real. Pieza que ilustra con precisión uniformológica la caballería pesada de la Corona de Aragón en el siglo XIII.

La rendición de Granada (1492): el fin de Al-Ándalus

La única excepción al dominio cristiano tras las Navas fue el Reino nazarí de Granada, que subsistió dos siglos más como vasallo nominal de Castilla, tiempo en el que culminó la construcción de la Alhambra.

El 2 de enero de 1492, el sultán Muhammad XII —conocido como Boabdil— entregó las llaves de la ciudad, poniendo fin formalmente al último estado islámico en la Península Ibérica. Con la rendición de Boabdil terminaba uno de los procesos más definitorios de la historia de España y Portugal, que moldearía la identidad de ambos países e impulsaría su posterior proyección atlántica y mediterránea.

El Museo L’Iber posee un diorama de gran impacto que recrea esta rendición tomando como referencia directa el célebre cuadro La rendición de Granada (1882) de Francisco Pradilla Ortiz. Las figuras son de la línea Miniplom de Alymer: Boabdil a caballo entregando las llaves a los Reyes Católicos, con el ejército nazarí en retirada y la Alhambra al fondo.

Diorama de la rendición de Granada en 1492 con miniaturas de los Reyes Católicos y Boabdil, fondo pintado al óleo, colección del Museo L'Iber, Valencia
Diorama de la rendición de Granada en 1492 con miniaturas de los Reyes Católicos y Boabdil, fondo pintado al óleo, colección del Museo L’Iber, Valencia

Cabe señalar aquí una curiosidad historiográfica que el diorama comparte con la pintura de Pradilla: la reina Isabel I aparece presente en la escena, cuando las fuentes históricas indican que fue Fernando II quien recibió las llaves mientras Isabel aguardaba en el campamento de Santa Fe. Pradilla la incluyó por razones compositivas y simbólicas, y la miniatura sigue esa misma convención pictórica. Es un buen ejemplo de cómo el arte —y la miniatura como arte— transmite la memoria colectiva de un evento tanto como, o más que, los hechos estrictos.

El debate historiográfico: ¿existió realmente la Reconquista?

El propio término «Reconquista» es objeto de un intenso debate académico que conviene no soslayar.

La interpretación clásica fue sistematizada por la historiografía romántica del siglo XIX y consolidada por historiadores como Ramón Menéndez Pidal y, sobre todo, Claudio Sánchez-Albornoz, para quien la Reconquista constituía el eje vertebrador de la identidad española: una lucha continua, consciente y con un objetivo claro, la recuperación de la Hispania visigoda perdida. Esta visión encontraba apoyo en documentos medievales que usaban efectivamente términos como restauratio o recuperatio para legitimar la expansión territorial cristiana.

Sin embargo, desde mediados del siglo XX esta interpretación ha sido cuestionada con argumentos sólidos. Américo Castro propuso el concepto de «convivencia» para describir la compleja coexistencia e influencia mutua entre las tres culturas —cristiana, musulmana y judía— que cohabitaron en la Península. Para Castro, reducir ocho siglos de historia a una confrontación religiosa borraba la riqueza del mestizaje cultural que definió al mundo ibérico.

La crítica más sistemática ha venido de medievalistas como Brian Catlos, Simon Barton o, en la historiografía española, Alejandro García Sanjuán, cuya obra La conquista islámica de la Península Ibérica y la tergiversación del pasado (2013) es hoy referencia obligada. Sus argumentos centrales:

• El vocablo «Reconquista» no aparece en las fuentes medievales; es una construcción historiográfica decimonónica con carga ideológica nacionalista.

• Los conflictos peninsulares no respondieron a una lógica exclusivamente religiosa: fueron frecuentes las alianzas entre cristianos y musulmanes, así como las guerras entre monarcas del mismo signo confesional.

• La noción de «recuperación» de un territorio visigodo perdido fue más una legitimación retórica de los poderes emergentes que un proyecto político coherente y sostenido durante siglos.

• El concepto proyecta de modo anacrónico sobre la Edad Media categorías nacionales y religiosas propias de los siglos XIX y XX.

Frente a estas críticas, otros historiadores defienden la utilidad del término como categoría analítica, siempre que se use con precisión: la expansión de los reinos cristianos sí tuvo una componente religiosa real y documentada —el discurso de cruzada, la participación de órdenes militares, las bulas papales— y los propios actores medievales articulaban frecuentemente sus campañas en términos de restauración.

El debate no está cerrado. La tendencia académica dominante tiende hoy a usar el término con cautela o a preferir expresiones más neutras como «expansión cristiana» o «conquistas medievales peninsulares», sin renunciar a describir la complejidad de un proceso que, guste o no la etiqueta, transformó de forma irreversible el mapa político, cultural y lingüístico de la Península Ibérica.

En el Museo L’Iber puedes contemplar representaciones de estos momentos históricos a través de tres dioramas que los protagonizan en la sala de la Edad Media: el asedio de Toledo en 1085, la entrada triunfal de Jaime I en Valencia en 1238, y la rendición de Granada en 1492. Tres escenas, tres siglos de historia, multitud de figuras que convierten el pasado en algo que puedes ver, comprender y recordar.

Sobre el autor — Alejandro Noguera Borel, Director del Museo L’Iber y de la Fundación Libertas 7. En el mundo del soldadito desde los años 70.

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