Miniatura del Mes: Charles Chaplin
¿Sabías que febrero marca dos momentos clave en la vida de Charles Chaplin? Separados por más de veinte años, parece que el calendario quiso encerrar entre los mismos días el nacimiento y la despedida de una leyenda.
El 2 de febrero de 1914, un joven actor inglés aparecía por primera vez en el cine en Making a Living. El 5 de febrero de 1936, ese mismo hombre presentaba al mundo Tiempos modernos, una obra maestra que cerraba definitivamente la historia de Charlot, el vagabundo que había conquistado al planeta.
En este blog de la “Miniatura del mes” hablamos de Charles Chaplin.
Chaplin había nacido en Londres en 1889. Su infancia fue de todo menos fácil. Con un padre alcohólico que abandonó el hogar y una madre, Hannah, actriz de music hall, atrapada entre la precariedad y la enfermedad mental, el pequeño Charles conoció demasiado pronto la pobreza, los asilos y la humillación. Aquellos años oscuros, lejos de quebrarlo, le enseñaron a observar el mundo desde abajo.
El escenario fue su salvación. Siendo niño, comenzó a actuar en compañías ambulantes y, con apenas veinte años, cruzó el Atlántico en busca de fortuna. Estados Unidos lo recibió con la velocidad vertiginosa del cine mudo. En los estudios Keystone, casi por accidente y con ropa improvisada, nació Charlot: bombín ladeado, bastón, pantalones demasiado grandes y una dignidad inquebrantable pese a la miseria. El público se reconoció en él de inmediato.
Durante más de dos décadas, Charlot fue mucho más que un personaje cómico. A través de él, Chaplin habló del hambre, de la injusticia, de máquinas que devoran a los hombres y de un progreso que no siempre significa bienestar. Esa crítica alcanzó su cima en Tiempos modernos, estrenada un 5 de febrero de 1936 en Nueva York.
Aunque el cine sonoro ya dominaba las pantallas, Chaplin se resistió a abandonar el silencio.
Curiosamente, cuando por fin dejó oír su voz, lo hizo cantando una canción absurda, Je cherche après Titine, mezclando idiomas y palabras sin sentido, como si quisiera recordar que el lenguaje del cine va mucho más allá de las palabras.
Tiempos modernos fue también la última vez que Charlot apareció en pantalla. Chaplin lo dejó marchar en un mundo cada vez más industrializado, más rápido y menos humano. Poco después, sin bombín ni bastón, el cineasta se atrevió a dar un paso más y hablar alto y claro.
En El gran dictador (1940) se transformó en un humilde barbero judío y en un tirano grotesco que caricaturizaba a Hitler. El discurso final de la película, directo y profundamente humano, marcó un antes y un después en su carrera.
Ese compromiso tuvo un precio. Tras la Segunda Guerra Mundial, Chaplin fue señalado por sus ideas políticas y perseguido por el Comité de Actividades Antiamericanas. Acusado de comunista, cansado de la sospecha constante, abandonó Estados Unidos y se instaló en Europa. Desde allí aún rodó películas memorables, pero ya lejos del país que lo había convertido en una estrella.
En 1972, Hollywood lo llamó por última vez. La Academia le concedió un Oscar Honorífico y Chaplin regresó a Estados Unidos tras años de ausencia. Cuando apareció en el escenario, el público se levantó y lo aplaudió durante doce minutos. No era solo un homenaje, era una disculpa colectiva.
Chaplin murió en Suiza en 1977. Años antes había confesado arrepentirse de haber “matado” a Charlot. Tal vez porque sabía que aquel pequeño vagabundo aún tenía cosas que decir. Más de un siglo después de su primera aparición, Charlot sigue caminando por nuestra memoria, recordándonos que, incluso en los tiempos más modernos, la ternura y la risa siguen siendo profundamente revolucionarias.
Este personaje del cine clásico lo puedes encontrar junto a numerosos más en las vitrinas de nuestra exposición temporal: «Cine en miniatura: grandes historias en formato pequeño».
