La sala de música de Nefertiti

Una joya de la Antigüedad en nuestra colección

Este mes os presentamos una de las piezas más singulares de nuestra colección: el diorama de la sala de música de la reina Nefertiti, elaborado con figuras del fabricante inglés Rose Miniatures y pintado por Alejandro Noguera, actual director del Museo L’Iber.


Diorama de la sala de música de Nefertiti, figuras de Rose Miniatures pintadas por Alejandro Noguera Borel, Museo

Nefertiti: la reina que desafió los siglos

Nefertiti (c. 1370 a.C. – c. 1331 a.C.) fue la Gran Esposa Real del faraón Amenofis IV, conocido por el nombre que él mismo adoptó: Akenatón. Perteneciente a la XVIII dinastía del Imperio Nuevo, gobernó junto a su marido uno de los períodos más singulares y convulsos de la historia del Antiguo Egipto.

Su origen sigue siendo objeto de debate entre los especialistas. Una corriente sostenida por autores como Cyril Aldred propone que provenía de una familia de dignatarios egipcios de alto rango; otros investigadores, apoyándose en las analogías diplomáticas recogidas en las tablillas de El-Amarna, sugieren que era una princesa mitania procedente del reino de Mitani, en el norte de la actual Siria. Ninguna de las dos hipótesis ha logrado demostración concluyente hasta la fecha.

Lo que sí está documentado es el peso político extraordinario que Nefertiti ejerció durante su reinado conjunto. En relieves y estelas del período de Amarna aparece representada en posiciones de poder habitualmente reservadas al faraón: aplastando enemigos, conduciendo carros de guerra, o realizando ofrendas al dios Atón en posición simétrica a la de su esposo. Su papel fue, por tanto, mucho más que el de consorte decorativa. Desde la nueva capital, Ajetatón —la actual Amarna—, co-gobernó el país con plena autoridad reconocida.

Con Akenatón tuvo seis hijas. La mayor, Meritatón, llegó a ejercer como Gran Esposa Real durante los últimos años del reinado de su padre. Otra de ellas, Anjesenamón, se convertiría más tarde en esposa del célebre Tutankamón.

Tras la muerte del faraón, la figura de Nefertiti no desapareció de la escena política. Existe una hipótesis, defendida por egiptólogos como James Allen y Aidan Dodson, según la cual ella gobernó Egipto bajo el nombre de Neferneferuatón, o incluso como el misterioso faraón Semenejkara. La evidencia epigráfica y arqueológica disponible no permite zanjar la cuestión con certeza, pero la sola posibilidad —sostenida por especialistas de primer nivel— habla de la excepcional dimensión política de esta mujer en un sistema de poder diseñado casi exclusivamente para hombres.

Su fama en el mundo contemporáneo arranca del descubrimiento del célebre busto por el arqueólogo alemán Ludwig Borchardt en 1912, durante las excavaciones en Amarna. La pieza, tallada en caliza y estucada, con sus rasgos serenos y su inconfundible corona azul de doble plataforma, se ha convertido en uno de los iconos más reproducidos del arte egipcio. Hoy se conserva en el Neues Museum de Berlín, no sin controversia: Egipto reclama formalmente su devolución desde hace décadas, sin éxito hasta la fecha.

Figura de Nefertiti Rose Miniatures, pintada por Alejandro Noguera Borel, Museo L'Iber Valencia

La era de Amarna: reforma religiosa y ruptura cultural

El reinado de Akenatón (c. 1353–1336 a.C.) constituyó una fractura sin precedentes en la civilización egipcia. La reforma que impulsó —la sustitución del panteón tradicional por el culto exclusivo al Atón, el disco solar— no fue una evolución gradual sino una imposición deliberada y acelerada. Los templos de Amón y las demás divinidades fueron clausurados, sus sacerdocios disueltos y los nombres de los dioses borrados sistemáticamente de los monumentos. Una persecución iconográfica de alcance masivo.

Algunos investigadores califican este giro de monoteísmo avant la lettre; otros prefieren el término «henoteísmo», señalando que el Atón no era abstracto sino una divinidad con forma —el propio disco solar— y que los textos del período no excluyen explícitamente la existencia de otras fuerzas divinas. El debate académico sigue abierto.

Esta revolución religiosa tuvo consecuencias que trascendieron lo ritual y lo teológico: transformó el arte, la lengua, la arquitectura y la vida cotidiana de la élite gobernante. El estilo artístico de Amarna rompió con los cánones rígidos que habían dominado el arte faraónico durante siglos: las figuras se alargan, los rostros se individualizan, y aparecen escenas de intimidad doméstica —la familia real jugando, abrazándose, recibiendo a sus hijos— que resultan completamente insólitas en el contexto de la plástica egipcia anterior.


Música en la corte del Egipto faraónico

La música ocupaba un lugar central en la vida de la corte egipcia. Los testimonios iconográficos —relieves en tumbas, pinturas en las paredes de capillas funerarias, representaciones en papiros— nos muestran conjuntos instrumentales activos en banquetes aristocráticos, ceremonias religiosas, procesiones y rituales funerarios. En los palacios reales, músicos, danzantes y cantores formaban parte del personal permanente.

Los instrumentos mejor documentados incluyen el arpa —en sus diversas variantes, desde la portátil de hombro hasta la gran arpa de pie que podía superar la altura de un hombre—, el laúd de mango largo (introducido en el Imperio Nuevo bajo influencia asiática), la flauta travesera y la flauta doble o memet, el oboe doble, el sistro —instrumento de percusión vinculado especialmente al culto de Hathor—, y los crótalos de madera o marfil. La voz humana era igualmente central en la práctica musical: las chantresses o «cantoras de Amón» constituían una categoría reconocida de elevado prestigio social, a la que pertenecían mujeres de la nobleza.

La música tenía función ritual, pero también lúdica y representativa. En los grandes banquetes de la élite, descritos en textos como el Papiro del Banquete o en pinturas como las de la tumba de Nebamón, la actuación musical no era entretenimiento secundario sino parte constitutiva del evento: su ausencia hubiera sido impensable.

En el período de Amarna, la vida musical de la corte no quedó al margen de la renovación cultural general. Las representaciones de la vida privada de la familia real —únicas en la plástica egipcia— incluyen escenas musicales en un contexto doméstico, con Nefertiti y Akenatón rodeados de sus hijas en ambientes de intimidad que contrastan radicalmente con la solemnidad hierática del arte anterior. El diorama de nuestra colección capta precisamente ese espíritu: la música no como acto de estado, sino como práctica viva en el espacio más íntimo del poder.


Rose Miniatures: el legado de Russell Gammage

Las figuras que componen este diorama pertenecen a Rose Miniatures, una marca que ocupa un lugar distinguido en la historia de las miniaturas de colección. Fundada en 1953 en Inglaterra por Russell Gammage —quien era a la vez propietario, diseñador principal y escultor—, la empresa operó durante tres décadas hasta su cierre en 1983, dejando un catálogo de figuras históricas de reconocida calidad técnica y rigor documental.

Gammage se especializó en civilizaciones del mundo antiguo —Egipto, Roma, Grecia— y en períodos históricos medievales y napoleónicos, trabajando siempre con especial atención al detalle histórico y a la calidad plástica de las esculturas. Por esa razón sus piezas son hoy objeto de búsqueda activa entre coleccionistas especializados: la rareza en el mercado actual y la calidad de fabricación las han convertido en objetos con un valor patrimonial y económico creciente.

La figura de Nefertiti que centra el diorama reproduce a la reina con su característica corona y un collar de joyas trabajado en exquisito detalle, fiel a las representaciones del período amarniense. La pintura y la escenografía del conjunto son obra de Alejandro Noguera, actual director del Museo L’Iber, cuyo trabajo transforma las figuras originales en una composición narrativa de notable riqueza visual.

Puedes contemplar este diorama y muchas más piezas singulares en la Sala de la Antigüedad del Museo L’Iber, en el corazón del barrio del Carmen de Valencia.

Sobre el autor

Alejandro Noguera Borel — Director del Museo L’Iber y de la Fundación Libertas 7. En el mundo del soldadito desde los años 70.

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