Británicos y zulúes, la lucha por sudáfrica

Nos encontramos ante la maqueta que representa la masacre que sufrió el ejército británico a manos de los guerreros zulúes, una maqueta exenta, ya que es un espacio reducido que se encuentra el visitante al acceder al museo por el ascensor. Está inspirada en una de las batallas de la guerra anglo-zulú.

La maqueta fue expuesta por primera vez en L’Iber, en la sala de exposiciones temporales en el año 2012 y más tarde en el Ateneo Mercantil de Valencia.

«¿Por qué los hombres blancos quieren comenzar por nada? ¿Por qué el gobernador de Natal me habla sobre mis leyes? ¿Acaso voy yo a Natal y le dicto a él las suyas?«. Así respondió el rey zulú Cetshwayo a las exigencias de las autoridades británicas en África del Sur para que disolviera su temible ejército. Los británicos pretextaban que Cetshwayo había cometido actos de crueldad contra su propio pueblo y contra los europeos, pero la verdadera razón de su hostilidad era otra: en su progresiva ocupación de todo el sur de África, no podían tolerar la amenaza que representaba un pueblo guerrero como el zulú, que desde hacía sesenta años había constituido un verdadero imperio.

Las presiones continuaron, y a finales de 1878 el Alto Comisionado británico en la zona, sir Henry B. Frere presentó a los zulúes un ultimátum. El 6 de enero de 1879, sin esperar a que éste expirase, el general Chelmsford invadió Zululandia al frente de 17.000 hombres, la mayoría de ellos veteranos de la metrópoli, además de un importante contingente de tropas auxiliares de Natal, africanas y europeas.

Divididos en cuatro columnas, comandadas respectivamente por los coroneles Wood, Pearson, Glyn y Durnford, debían converger sobre la capital zulú, Ulundi, en lo que todos pensaban que sería un paseo militar; el primer choque con los zulúes, en Nyezane, así parecía anunciarlo. Con sus cañones de 7 y 9 libras, cohetes, ametralladoras Gatling y el eficaz fusil Martini-Henry, provisto de una temible bayoneta, además de la caballería y los habituales sables, espadas y lanzas, la superioridad armamentística de los británicos era aplastante.

Los zulúes oponían sus armas tradicionales: el iklwa, una lanza o azagaya de asta corta y hoja larga, prácticamente una espada, así como grandes escudos, mazas, hachas y jabalinas. También poseían bastantes fusiles, aunque de modelos antiguos, con llave de chispa o de pistón. La fuerza de los zulúes radicaba en su capacidad de movilizar a una gran masa de guerreros, hasta 50.000, y en la táctica ofensiva ideada por el rey Shaka, fundador del imperio zulú a principios del siglo XIX, llamada «cuernos de res»: mientras el centro, el «pecho», atacaba, los «cuernos» rodeaban al enemigo por los flancos hasta vencerlo en una cerrada lucha cuerpo a cuerpo.

El 20 de enero, la columna comandada por Glyn, en la que iba Chelmsford, llegó a un punto de Zululandia llamado Isandlwana. No era una posición difícil de defender, pero Chelmsford, tras un reconocimiento somero del terreno, decidió no fortificarla con zanjas o parapetos, en contra de las normas del ejército colonial. Fue el primero de los errores que cometió el comandante en jefe, confiado en que sólo pasarían allí un día y en los informes que le aseguraban que en la zona sólo había pequeños grupos de zulúes. Poco después, Chelmsford cometió su segundo error: al enterarse de que un grupo explorador se había topado con «el enemigo» creyó, que lo atacaba el grueso del ejército zulú y salió del campamento con unos 2.500 hombres para llevarle refuerzos.

Entretanto, sin que los británicos lo supieran, el ejército zulú, al mando del muy capaz Ntshingwayo y de su segundo, Mavumengwana, se estaba aproximando a Isandlwana. Allí habían quedado 1.170 efectivos, incluidos 421 africanos, cifra que aumentó hasta los 1.700 tras la llegada de la reserva africana de Durnford; todos estaban al mando del teniente coronel Henry Pulleine, que nunca había visto el combate. Poco después de la partida de Chelmsford, los británicos escucharon un fragor «como el de un tren» y de inmediato contemplaron horrorizados la llanura frente a ellos ocupada por los regimientos zulúes, en total unos 20.000 hombres.

El asalto no se hizo esperar. Al grito de «¡Matad a los hombres blancos!», los guerreros zulúes se abalanzaron en oleadas sucesivas contra el campamento enemigo. Los comandantes británicos estaban convencidos de que con las nutridas y precisas descargas de fusilería, la artillería y los cohetes, la guarnición podría repeler cualquier asalto de los africanos. Pero los británicos habían organizado una línea defensiva demasiado delgada y, además, enseguida tuvieron problemas con el defectuoso aprovisionamiento de municiones.

Los británicos tan sólo pudieron resistir unas horas. Al atardecer no quedaba un solo defensor en Isandlwana: quien no había podido huir había muerto. Al volver al lugar, al finalizar el día, las tropas de Chelmsford se encontraron con un espectáculo desolador: «Había muertos por todas partes. Todos estaban mutilados».