El 2 de agosto del año 216 a. C., bajo el sol abrasador del sur de Italia, el ejército romano se encaminó hacia una de las jornadas más funestas de su historia. En la llanura cercana a la pequeña localidad de Cannas, Roma iba a enfrentarse cara a cara con su enemigo más temido: Aníbal Barca. Al caer la tarde, decenas de miles de ciudadanos y aliados yacían muertos sobre el campo de batalla, uno de los cónsules había perecido combatiendo y la República parecía al borde del colapso. Sin embargo, de aquel desastre surgiría, con el tiempo, la Roma que acabaría dominando el Mediterráneo.
La batalla de Cannas se enmarca en la Segunda Guerra Púnica, un conflicto nacido del resentimiento cartaginés tras la humillante derrota sufrida en la Primera Guerra Púnica. Cartago había perdido Sicilia, Cerdeña y Córcega, además de quedar lastrada por una enorme indemnización. Para recuperar su poder, Amílcar Barca impulsó la expansión cartaginesa en la Península ibérica, sentando las bases de un nuevo imperio. A su muerte, su hijo Aníbal heredó el mando y también un juramento que marcaría su vida: odio eterno a Roma. La caída de Sagunto, aliada de los romanos, en el 219 a. C., fue la chispa que encendió la guerra.
Lejos de esperar a que Roma atacara Hispania, Aníbal tomó una decisión audaz y temeraria: llevar la guerra al corazón de Italia. Cruzó los Alpes con su ejército en una hazaña que asombró al mundo antiguo y, una vez en suelo enemigo, encadenó una serie de victorias devastadoras. En el río Trebia y en el lago Trasimeno, las legiones romanas fueron derrotadas, y el norte de Italia quedó expuesto a la amenaza cartaginesa. Aníbal, además, liberó a los aliados itálicos subyugados, buscando romper la red de lealtades que sostenía el poder de Roma.
Aterrada pero decidida, la República apostó todo a una sola carta. En el año 216 a. C. reunió el mayor ejército que había puesto jamás en el campo de batalla: unos 80.000 infantes y 6.000 jinetes, formados por legiones romanas y tropas aliadas. Al frente marchaban dos cónsules de temperamento opuesto: Cayo Terencio Varrón, impetuoso y confiado, y Lucio Emilio Paulo, más cauto y experimentado.
El encuentro se produjo cerca de Cannas, en una amplia llanura atravesada por el río Aufidus, un terreno ideal para la caballería. Varrón impuso la batalla pese a las reservas de su colega. Aníbal, con fuerzas inferiores en número, preparó entonces una de las maniobras más célebres de la historia militar. Dispuso en el centro a sus tropas hispanas y galas en una formación convexa, mientras retrasaba a sus veteranos africanos en los flancos. En los extremos, su caballería, superior y más experimentada, aguardaba el momento decisivo.
Cuando comenzó el combate, la masa compacta de la infantería romana avanzó con ímpetu, empujando el centro cartaginés, que cedía lentamente en una retirada calculada. Los romanos creyeron estar ganando, sin advertir que se internaban en una trampa. Mientras tanto, la caballería de Aníbal aplastó a la romana y, tras barrer el campo, regresó para atacar por la retaguardia. Entonces, los africanos cerraron el cerco desde los flancos. El ejército romano quedó rodeado por completo. Lo que siguió fue una matanza.





El cónsul Lucio Emilio Paulo cayó luchando entre sus hombres. Varrón logró huir. Al final del día, entre 50.000 y 70.000 romanos habían muerto, miles más fueron hechos prisioneros y gran parte de la élite militar de la República desapareció en una sola jornada. Cannas se convirtió en sinónimo de aniquilación.
Pese a la magnitud de la victoria, Aníbal no marchó sobre Roma. La decisión fue criticada incluso por sus propios oficiales y ha sido debatida durante siglos. Tras la derrota, muchas ciudades del sur de Italia se pasaron al bando cartaginés y en Roma cundió el pánico. Se recurrió a medidas extremas: sacrificios rituales, levas masivas e incluso el reclutamiento de esclavos. Fabio Máximo retomó su estrategia de desgaste, evitando grandes batallas, mientras empezaba a destacar un joven oficial destinado a cambiar la historia: Publio Cornelio Escipión.
Años después, Escipión expulsaría a los cartagineses de Hispania y llevaría la guerra a África. En el 202 a. C., en Zama, derrotó a Aníbal empleando tácticas inspiradas en Cannas. Así, la mayor victoria del general cartaginés terminó convirtiéndose, de forma paradójica, en el punto de partida de la transformación militar que conduciría a Roma a la hegemonía del Mediterráneo.
Puedes ver estas batallas representadas en el Palacio de los Marqueses de Malferit, sede del Museo L’Iber en Valencia.
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