En una de las vitrinas del Museo L’Iber hay un hombre solo, de pie, sosteniendo una bandera mucho más grande que él. Viste casaca azul, chupa roja, tricornio y polainas blancas, con el sable al costado. En la peana, una cartela dorada resume su identidad en tres palabras y una fecha: «Inf. Marina, 1744». Esa cartela es una puerta. Al otro lado hay casi quinientos años de historia. Y hay una afirmación que sorprende a mucha gente al oírla por primera vez. Este hombre pertenece al cuerpo de Infantería de Marina más antiguo del mundo.
En resumen: la Infantería de Marina española, creada en 1717 como Cuerpo de Batallones de Marina, es el cuerpo de infantería de marina más antiguo del mundo aún en activo — casi 500 años de historia que arrancan en Lepanto (1571) y llegan hasta el desembarco de Alhucemas (1925) y la Infantería de Marina de hoy. La miniatura del mes recrea un abanderado de 1744, con casaca azul y bandera de batallón con el aspa de Borgoña.

Basta mirarlo un momento para saber lo esencial. El azul de la casaca no es un capricho del pintor. Mientras la infantería del Ejército vestía mayoritariamente de blanco, el azul señalaba desde muy pronto la pertenencia a la Armada. Es una distinción que ha sobrevivido hasta los uniformes de hoy. Los galones dorados y las charreteras indican, además, que no estamos ante un fusilero cualquiera, sino ante un oficial.
La bandera lo confirma: paño blanco con el aspa de Borgoña y anclas en los ángulos. Es exactamente el modelo de las banderas «sencillas» que llevaban los batallones del Cuerpo (la coronela, la del primer batallón, era distinta: de campo morado y con las armas reales). Esas anclas cumplían una función muy práctica. En un campo de batalla lleno de aspas de Borgoña, decían de un vistazo que aquellos hombres no pertenecían al Ejército, sino a la mar.
El oficio más peligroso del regimiento
Queda el personaje. En la infantería del Antiguo Régimen, el abanderado era mucho más que un portaestandarte. La bandera marcaba el punto de reunión de la unidad en medio del humo y el estruendo, y perderla constituía la mayor deshonra imaginable. Por eso, quien la llevaba avanzaba en primera línea, con las dos manos ocupadas y sin posibilidad real de defenderse. Iba justo en el lugar al que apuntaban todos los fusiles enemigos. Era, en consecuencia, un destino reservado a oficiales jóvenes de valor probado. Era también una de las plazas con mayor mortalidad de toda la formación. La quietud serena con que nuestro soldadito sostiene el asta encierra, en realidad, uno de los oficios más peligrosos de su tiempo.
Infantería de Marina española: casi 500 años de historia
¿De dónde venía este hombre? La respuesta oficial de la Armada española sitúa el origen del Cuerpo en 1537. Ese año, Carlos I asignó de forma permanente las llamadas Compañías Viejas del Mar de Nápoles a la escuadra de galeras de Álvaro de Bazán el Viejo. En su momento, aquella decisión debió de parecer un simple ajuste administrativo. Sin embargo, tuvo una consecuencia enorme. Por primera vez en Europa, unas tropas de infantería quedaban adscritas de manera estable a los barcos. Tenían sus propios mandos, su propia disciplina y su propia identidad. Ya no eran soldados prestados que embarcaban para una campaña y desembarcaban al terminarla. Eran Infantería de Marina en sentido pleno.
Las cifras hablan solas cuando se comparan. Los Royal Marines británicos nacen en 1664, ciento veintisiete años después. El Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, en 1775, doscientos treinta y ocho años después. Por eso la Armada celebra cada mes de febrero un aniversario que en 2026 ha alcanzado los 489 años. Y por eso la fórmula «la infantería de marina más antigua del mundo» no es una fanfarronada patriótica, sino una simple afirmación cronológica.
Esa fecha, además, tiene una historia curiosa que merece la pena contar. Cuando en el siglo XVIII se reorganizó el Cuerpo, se le fijó inicialmente como antigüedad la de su refundación borbónica, en 1717. Fueron las Ordenanzas de 1748 las que retrasaron la antigüedad hasta 1537, al reconocer la continuidad con las viejas compañías del Mediterráneo. Aunque parezca una cuestión menor, generó pleitos de precedencia y protocolo durante casi dos siglos. No quedó zanjada definitivamente hasta un real decreto de 1978, que restableció 1537 como fecha fundacional. Pocas veces una discusión de archiveros ha tenido tanta carga simbólica.
Lepanto: el combate que consagró la infantería embarcada
Entre aquellas compañías del Mediterráneo y nuestro abanderado se extiende el siglo largo de las galeras. Fueron los hombres de aquellos Tercios del Mar quienes decidieron con arcabuz y pica el combate más famoso de la época: eran los tercios de Nápoles, de Sicilia y de la Armada del Mar Océano. En Lepanto, en 1571, las galeras no se hundían a cañonazos: se abordaban. La batalla se resolvía cuando la infantería embarcada saltaba de una cubierta a otra y tomaba el barco enemigo palmo a palmo. Todo ocurría en un espacio de pocos metros de anchura, sin posibilidad de retirada. Aquella jornada consagró una manera de combatir. Consagró, sobre todo, la idea de que un buque de guerra necesitaba a bordo soldados profesionales, entrenados para pelear en un tablero flotante.
El desembarco de la isla Terceira
Hubo, además, algo menos conocido y de mayor alcance. En julio de 1583 la corona hispánica ejecutó un desembarco en la isla Terceira, en las Azores. Suele considerarse el primer desembarco anfibio de cierta entidad de la historia moderna. Lo mandó Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, hijo de aquel Bazán el Viejo a cuyas galeras se habían asignado las compañías de 1537. La operación consistió en llevar hasta la costa una fuerza de varios miles de hombres embarcados. Después había que desembarcarla en lanchas bajo el fuego enemigo y organizarla en tierra para combatir de inmediato.
Todo lo que siglos después se convertiría en doctrina está ya allí, resuelto de manera empírica. Ahí están la elección de la playa, la protección naval del desembarco, la sucesión de oleadas y la consolidación de una cabeza de playa. Felipe II concedió a la operación tanta importancia que mandó pintarla al fresco en la Sala de Batallas de El Escorial. Allí, el italiano Niccolò Granello dejó una de las representaciones más detalladas que existen de una operación anfibia del siglo XVI.

1717: nace el Cuerpo de Batallones de Marina
El paso del combate de abordaje al combate de artillería, a lo largo del siglo XVII, cambió las reglas pero no eliminó la necesidad. Cuando Felipe V emprendió la profunda reforma de la Armada tras la Guerra de Sucesión, la infantería embarcada fue una de las prioridades. En 1717, por impulso de Miguel Fernández Durán y de José Patiño, nació el Cuerpo de Batallones de Marina, embrión directo de la actual Infantería de Marina. Un decreto de 1718 lo organizó en cuatro batallones con nombres que suenan a proclama: Armada, Marina, Océano y Bajeles.
Cada uno reunía unos seiscientos hombres en seis compañías. Sus primeros efectivos se nutrieron del Regimiento de la Corona —heredero directo, por cierto, del viejo Tercio de Nápoles— y de los regimientos de Toledo y Galicia. El soldado cobraba catorce cuartos al día en tierra, y algo menos embarcado. Eso dice bastante sobre cómo se valoraba entonces el servicio en la mar.
1744: un oficial de Infantería de Marina en plena guerra
Es exactamente en ese Cuerpo, y en ese momento, donde hay que situar a nuestro abanderado. En 1744 los Batallones de Marina llevaban veintisiete años funcionando y estaban en plena guerra. España se batía contra Gran Bretaña en el conflicto que la historiografía anglosajona bautizó con el pintoresco nombre de «guerra de la Oreja de Jenkins». En el continente, ese mismo conflicto desembocó en la Guerra de Sucesión Austriaca. Tres años antes, en 1741, los batallones habían participado en la defensa de Cartagena de Indias junto a Blas de Lezo. Allí, una guarnición exigua humilló a la mayor flota de invasión reunida hasta entonces.

El 22 de febrero de 1744 —apenas unos meses antes de la fecha que figura en nuestra peana— la escuadra española de Juan José Navarro se enfrentaba a la británica. El combate ocurrió frente al cabo Sicié, cerca de Tolón, y fue durísimo. La infantería embarcada sirvió cañones, repelió intentos de abordaje y sufrió lo que suele sufrir la tropa en las cubiertas de un navío de línea. El hombre de la vitrina no es, por tanto, una figura de parada: es un oficial de un Cuerpo en guerra.
El apogeo de la Infantería de Marina en el siglo XVIII
El resto del siglo XVIII confirmó la eficacia del modelo. Las Ordenanzas de 1748 ampliaron el Cuerpo a ocho batallones y lo definieron como fuerza regular de infantería española. Gracias a su antigüedad, tenía capacidad de alternar con el Ejército. Los infantes de Marina estuvieron en Cerdeña y Sicilia, en La Habana y en los asedios de Gibraltar. También combatieron en la brillante campaña de Bernardo de Gálvez en el golfo de México, cuya toma de Pensacola en 1781 resultó decisiva para la independencia de los Estados Unidos.
Y estuvieron, claro, en los grandes desastres. En el combate del cabo San Vicente, en 1797, el granadero de Marina Martín Álvarez Galán protagonizó una defensa tan tenaz que su nombre pasó a la memoria del Cuerpo. Ocho años después, en Trafalgar, las cubiertas de los navíos españoles se convirtieron en mataderos donde los batallones dejaron una parte sustancial de sus efectivos.
Las crisis de la Infantería de Marina en el siglo XIX
El siglo XIX fue, para la Infantería de Marina, un ejercicio continuado de resistencia frente a la escasez. Con doce batallones y unos quince mil hombres a principios de siglo, el Cuerpo llegó a ser numeroso. Sin embargo, una real orden de diciembre de 1806 lo redujo a cuatro batallones por pura falta de fondos. Aun así combatió en la Guerra de la Independencia, en Ocaña y en Tolosa. Volvió a reorganizarse en tres regimientos en 1817, y a encogerse de nuevo en 1823. Se fundió con la Artillería de Marina en la Brigada Real de Marina de 1827. Recuperó su identidad propia en 1848, cuando el real decreto de marzo la restableció como Real Cuerpo.
Desde entonces funcionó casi como fuerza expedicionaria permanente: Roma en 1849, Marruecos en 1859, Santo Domingo, las guerras carlistas. Sobre todo, estuvo en Cuba y Filipinas, donde tres regimientos sostuvieron durante décadas un esfuerzo desproporcionado para sus medios. El desenlace de 1898 se llevó por delante el imperio y, con él, buena parte del Cuerpo. Un real decreto de 1901 lo dejó reducido a un batallón por departamento y una compañía en Madrid.
Alhucemas y las turbulencias del siglo XX
La recuperación llegó, paradójicamente, de una guerra colonial. Entre 1909 y 1925 España se desangró en el Rif. El 8 de septiembre de 1925 se ejecutó el desembarco de Alhucemas, una operación combinada de fuerzas navales, terrestres y aéreas. Suele considerarse el primer desembarco aeronaval de la historia. La simetría es notable. La misma corona que había inaugurado el desembarco anfibio en las Azores lo reinventaba tres siglos y medio después, ahora incorporando la aviación y las barcazas. Fue una operación que estudiarían con atención los ejércitos que, veinte años más tarde, desembarcarían en Normandía y en el Pacífico. Allí, la Infantería de Marina española demostraba que su especialidad —llevar a tierra el poder que nace en la mar— seguía siendo insustituible.
El siglo XX tampoco le ahorró sobresaltos. La Segunda República decretó en 1931 la extinción del Cuerpo, que quedó reducido a su mínima expresión. La Guerra Civil dividió a sus hombres entre los dos bandos, siguiendo la geografía de los departamentos marítimos. La posguerra lo reconstruyó en 1940 sobre cinco tercios —Sur, Norte, Levante, Baleares y Canarias—, dedicados sobre todo a la guarnición. La verdadera resurrección operativa llegó el 3 de octubre de 1957, con la creación del Grupo Especial, que recuperó la capacidad de desembarco perdida. El proceso culminó el 19 de julio de 1969 con el nacimiento del Tercio de Armada. Se concibió explícitamente como una fuerza capaz de emprender acciones militares en la costa iniciadas desde el mar.
La Infantería de Marina española de hoy
Hoy la Fuerza de Infantería de Marina se articula en tres grandes piezas. La Brigada de Infantería de Marina-Tercio de Armada, con base en San Fernando, es la fuerza anfibia propiamente dicha. Cuenta con sus batallones de desembarco, su grupo de movilidad anfibia y su artillería. La Fuerza de Protección agrupa al Tercio del Norte en Ferrol, al Tercio del Sur en San Fernando y al Tercio de Levante en Cartagena. Se completa con la Agrupación de Madrid y la Unidad de Seguridad de Canarias. Y la Fuerza de Guerra Naval Especial reúne a los operadores especiales y a los buceadores de combate.
Desde 1990 han estado en Bosnia, en Irak, en Haití, en el Líbano, en el índico contra la piratería con la operación Atalanta y en Mali. El lema del Cuerpo, «Valientes por tierra y por mar», resume en seis palabras lo que aquellas compañías de Nápoles inauguraron en 1537. Es la idea de un soldado que no es del todo de tierra ni del todo de mar, sino de la frontera exacta entre ambas.

Una pieza de El Infante para la Infantería de Marina
Queda por contar cómo llegó este abanderado hasta nuestras vitrinas, porque la pieza tiene una historia propia que merece la pena. No procede de una serie comercial: es obra de El Infante, la casa madrileña de la calle Alcántara. Además de distribuir marcas internacionales, mantiene desde hace años un catálogo propio de figuras de plomo pintadas a mano. Ese catálogo está volcado casi por completo en la historia militar española: Tercios, Dragones de Cuera, Cuba y Filipinas, el Ejército de Alfonso XIII, la Guerra Civil, la División Azul.
Quien repase ese catálogo advierte enseguida una devoción particular por los abanderados. Las referencias de banderas se cuentan por decenas, y son sistemáticamente las piezas más elaboradas —y las más caras— de cada serie. Un paño desplegado exige, en efecto, un trabajo de pintura que no admite calcomanías ni atajos. Nuestro infante de Marina pertenece de lleno a esa tradición de la casa.
Nacida de la comunidad SoldAdictos
La otra mitad de la historia son los SoldAdictos, la comunidad de coleccionistas que nació en 2019. Hoy reúne a veintiséis miembros repartidos por España e Italia. Junto al equipo del museo y al grupo de voluntarios e investigadores, forman uno de los tres pilares humanos de L’Iber. Esta figura fue un regalo de Navidad de 2023: se fundieron veinticinco ejemplares, exactamente uno por cada socio que había entonces en el grupo. El nuestro lleva grabado en la base el número 2.
La cifra, por tanto, no responde a ningún cálculo comercial de escasez, sino a una lista de nombres. Es una forma de fabricar que suele desconcertar a quien es ajeno al coleccionismo. Sin embargo, explica bien este mundo del coleccionismo: son piezas que nacen para celebrar una afición compartida. Precisamente por eso, resultan casi imposibles de encontrar unos años después. Que una de ellas esté expuesta aquí no es una casualidad de mercado, sino la decisión de una comunidad sobre dónde quiere que se conserve su memoria.
Descubre al abanderado de Infantería de Marina en el Museo L’Iber
Volvamos, para terminar, a la vitrina. El abanderado de 1744 no vivió lo suficiente para ver nada de todo esto. No supo que su Cuerpo sobreviviría a la pérdida del imperio, a tres guerras civiles y a un decreto de extinción. Tampoco supo que el aspa de Borgoña que él sostenía seguiría ondeando, casi tres siglos después, en unidades desplegadas desde buques anfibios y helicópteros. Pero sostuvo la bandera, que era su oficio y su riesgo. Y de eso, precisamente, van los soldaditos de plomo. Tratan de conservar, en unos pocos centímetros de metal y pintura, la memoria muy concreta de hombres muy concretos que hicieron cosas difíciles.
Puedes ver a nuestro abanderado de Infantería de Marina en la Sala de los siglos XVIII y XIX del Museo L’Iber. Lo acompaña el Blas de Lezo de la misma casa, y le rodea un conjunto de piezas de la historia de la Marina española. La mayoría salieron de las manos de Chauve, nombre con el que firmaba el valenciano Vicente Juliá. Estamos en el Palacio de los Marqueses de Malferit, en pleno centro histórico de Valencia. Te esperamos.
Ficha de la pieza
- Denominación: Abanderado de Infantería de Marina, 1744.
- Cuerpo representado: Cuerpo de Batallones de Marina (creado en 1717).
- Uniforme: casaca azul con vueltas encarnadas, chupa roja galoneada en oro, calzón azul, polainas blancas y tricornio negro con escarapela roja; espadín al costado.
- Enseña: bandera «sencilla» de batallón, campo blanco con aspa de Borgoña y anclas en los ángulos.
- Fabricante: El Infante (Madrid).
- Tirada: 25 ejemplares, uno por socio, realizados para la comunidad SoldAdictos en la Navidad de 2023. El ejemplar del museo lleva inscrito en la base el número 2.
- Sala: siglos XVIII y XIX, junto al Blas de Lezo de El Infante y al conjunto de Marina española de Chauve (Vicente Juliá).
- Modelado y pintura: figura de plomo pintada a mano, con la bandera trabajada en lámina fina para simular el vuelo del paño; el galón de la chupa y las anclas están resueltos a pincel, sin calcomanías.
Sobre el autor — Alejandro Noguera Borel, Director del Museo L’Iber y de la Fundación Libertas 7. En el mundo del soldadito desde los años 70.
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