Efeméride · Fiesta nacional francesa

Cada 14 de julio, Francia se cubre de azul, blanco y rojo. Desfile militar en los Campos Elíseos, patrulla acrobática, banquetes populares y fuegos artificiales hasta la madrugada. Pocas celebraciones concentran tanta carga simbólica como la fiesta nacional francesa. Sin embargo, pocas esconden una historia tan compleja y disputada como la que repite el relato simplificado habitual. De hecho, dos revoluciones distintas comparten esta misma fecha.
La toma de la Bastilla (14 de julio de 1789)
El 12 de julio de 1789, Camille Desmoulins llamó a los parisinos a tomar las armas. En la mañana del día 14, varios miles de amotinados invadieron primero Los Inválidos, haciéndose con fusiles y cañones. Al otro extremo de París, la Bastilla era la prisión de Estado que los panfletistas denunciaban como símbolo del arbitrio real. Sin embargo, no fue asaltada por una población movilizada de forma espontánea. La operación la había preparado de antemano un grupo de agitadores: el episodio estuvo orquestado. Aun así, adquirió de inmediato un sentido político y una dimensión simbólica que lo desbordaron por completo.
De la fortaleza liberaron a siete presos, presentados como víctimas del absolutismo. Eran cuatro falsificadores, dos considerados dementes y un libertino recluido a petición de su propia familia. Los amotinados condujeron al gobernador Launay, que había capitulado, hasta el Ayuntamiento. Allí lo asesinaron junto con Jacques de Flesselles, preboste de los mercaderes. Por su parte, después descuartizaron sus cuerpos y pasearon sus cabezas en sendas picas. Ochenta y tres asaltantes murieron en el asalto: la primera sangre de la Revolución.
Es célebre la anotación de Luis XVI en su diario ese mismo día: «14 juillet: rien» («14 de julio: nada»). A menudo se cita como prueba de su indiferencia. En realidad, ese «nada» se refería a su cuaderno de caza, vacío porque ese día no había cazado. El rey no fue consciente de inmediato de lo ocurrido en la Bastilla. De ahí el diálogo —auténtico o apócrifo— que se le atribuye al ser informado: «¿Es una revuelta? — No, Majestad, es una Revolución». Horrorizado por el relato de las muertes de Launay y Flesselles, Luis XVI quedó reafirmado en su negativa a derramar sangre. Esa disposición de ánimo marcaría su conducta durante toda la Revolución.
¿Es la Bastilla el punto de no retorno?
Los propios historiadores discuten si la Bastilla marca realmente el punto de no retorno. Otras tres fechas de 1789 compiten por ese honor. El 20 de junio, los diputados del Tercer Estado se reunieron en el Juego de Pelota de Versalles. Allí juraron no separarse hasta dar una Constitución a Francia. Las instituciones del Antiguo Régimen ya habían quedado caducas. El 4 de agosto se desmanteló la organización socio-territorial de derecho consuetudinario que sostenía ese Antiguo Régimen, en lo que suele llamarse, de forma imprecisa, «la abolición de los privilegios». Los días 5 y 6 de octubre, la multitud trasladó a la familia real a París y el rey quedó prisionero de la revolución parisina. Estas tres fechas marcan, igualmente, el fin de un mundo.
Sin embargo, la Bastilla concentró, más que ningún otro episodio, la carga simbólica de ese tránsito. Aunque no fue el único umbral.
La Fiesta de la Federación: el otro origen de la fiesta nacional francesa (14 de julio de 1790)
Un año después, y de forma deliberada en la misma fecha, la Francia revolucionaria escenificó el contrapunto sereno de aquel estallido. En el Campo de Marte se congregaron unos 300.000 representantes llegados de toda Francia, los llamados «federados». Todos ellos celebraban el primer aniversario de la toma de la Bastilla. El ministro Talleyrand ofició una misa en el altar central. La Fayette, al mando de la Guardia Nacional, juró fidelidad a la nación, la ley y el rey. El propio Luis XVI se comprometió a respetar la Constitución entre el aplauso de la multitud. Fue, en la intención de sus organizadores, un acto de reconciliación entre monarquía y revolución. Por tanto, su tono resultó radicalmente distinto al de la violencia vivida un año antes.
1880: la ley que convirtió el 14 de julio en fiesta nacional francesa
Para entender por qué se eligió esta fecha hay que remontarse a 1871. Tras el hundimiento del Segundo Imperio y la derrota frente a Prusia, se instaló un régimen de espera. Una mayoría realista, elegida por sufragio universal, sostenía ese régimen. Ese régimen estaba concebido para preparar la restauración de la monarquía. Sin embargo, esa restauración nunca llegó a producirse por la división entre legitimistas y orleanistas. Tampoco se produjo por la negativa del conde de Chambord, el mayor de los Borbones. Chambord se negó a transigir con los principios nacidos de la Revolución.
A falta de rey se instaló una República conservadora. Algunos la llamaron «la República de los duques» (Mac-Mahon, Broglie…). En 1876, los republicanos convencidos obtuvieron la mayoría en la Asamblea. Un año después, en 1877, forzaron al presidente conservador Mac-Mahon a someterse: aceptó así la preeminencia del poder legislativo sobre el ejecutivo. En 1879 el Senado pasó a manos republicanas y Mac-Mahon dimitió. Comenzaba entonces «la República de los Jules» (Jules Simon, Jules Grévy, Jules Ferry): la República de los republicanos.
De la Saint-Napoléon al proyecto republicano
Bajo el Segundo Imperio, Francia celebraba la Saint-Napoléon el 15 de agosto, fecha de la Asunción. Esta era una gran fiesta mariana, reforzada en 1854 por la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción del papa Pío IX. Así pues, el 15 de agosto era la fiesta nacional de Francia bajo Napoleón III. Al llegar al poder en 1879, los republicanos quisieron instaurar una fiesta nacional acorde con su propio proyecto político. Su objetivo simbólico era republicanizar Francia y desvincularla de la influencia de la Iglesia.
Gambetta y la ley de 1880
Desde 1872, el partido republicano venía organizando conmemoraciones privadas cada 14 de julio. Ese mismo año, Léon Gambetta pronunció un discurso en La Ferté-sous-Jouarre. En él exaltó ya el recuerdo de la toma de la Bastilla. Afirmó que el pueblo de París no se había levantado «para derribar una Bastilla de piedra, sino para destruir la verdadera Bastilla: la Edad Media, el despotismo, la oligarquía, la realeza».
La ley promulgada el 6 de julio de 1880 —conocida como ley Raspail— anuncia que «la República adopta el 14 de julio como día de fiesta nacional anual». En realidad, la elección de la fecha ratificaba una práctica anterior del partido republicano. Esta jugaba con la doble significación del 14 de julio. Por un lado, los radicales conmemoraban la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789. Por otro, los moderados —a quienes atemorizaba la violencia revolucionaria— preferían recordar la Fiesta de la Federación, el 14 de julio de 1790. Así nació, formalmente, la fiesta nacional francesa que hoy conocemos.
El consenso no llegó de inmediato. Ni los conservadores, que solo habían aceptado la República por defecto, ni los católicos estaban dispuestos a conmemorar un acontecimiento revolucionario. Estos últimos se sentían heridos por el anticlericalismo gubernamental, que seguiría siendo el cemento del partido republicano hasta 1914. Hasta la Gran Guerra, el 14 de julio permaneció ideológicamente marcado, al igual que la escuela laica de Jules Ferry. Era un símbolo republicano: de izquierdas, anticlerical y patriótico en el sentido de los voluntarios del Año II. Poco a poco, sin embargo, se fue convirtiendo en fiesta popular, con sus bailes y farolillos.
Un siglo de desfiles: de 1919 a nuestros días
El 14 de julio de 1919 se celebró el desfile del ejército francés victorioso, tras Joffre y Foch, con destacamentos de todos los países vencedores. Las dos Francias se reencontraban así en un 14 de julio de significado más militar y nacional que político. La política regresó el 14 de julio de 1935, con el desfile político-sindical de las organizaciones de izquierda. Este fue el preludio del desfile unitario de 1936, que vinculó al Frente Popular con el movimiento de 1789. El 14 de julio de 1945 volvió a ser, de nuevo, un desfile de la victoria. Estas conmemoraciones consolidaron el carácter militar que aún distingue a la fiesta nacional francesa.
A excepción de 1989 y del desfile del Bicentenario, firmado por el publicista Jean-Paul Goude, la fiesta nacional se ha ido alejando de su fuente original. Hoy es, sobre todo, una fiesta militar querida por el gran público. Es también una fiesta popular, con sus fuegos artificiales y sus bals des pompiers, los tradicionales bailes de los bomberos. Además, sigue siendo un pequeño acontecimiento político para los aficionados a las petites phrases, en los años en que el jefe del Estado se dirige a la televisión. Los recortes presupuestarios han enterrado, además, la garden-party del Elíseo. Esta tradición mixta llegaba a ser, a la vez, republicana —cualquier ciudadano podía, virtualmente, pisar sus jardines— y casi monárquica, ya que para participar hacía falta una invitación «del Palacio». Así ha evolucionado, en poco más de un siglo, la fiesta nacional francesa.
Libertad, igualdad, fraternidad: el viaje de una idea francesa por el mundo
La Revolución no solo derribó instituciones. También formuló un lenguaje de derechos que todavía hoy organiza buena parte de la política mundial, mucho más allá de la fiesta nacional francesa que la conmemora cada año. La Asamblea Nacional aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano el 26 de agosto de 1789. Esta declaración proclamó la soberanía nacional, la igualdad ante la ley y la libertad como derechos naturales del individuo.
El lema Liberté, Égalité, Fraternité, popularizado durante la propia Revolución, quedaría fijado como divisa constitucional de la República en 1958.
Su influencia rebasó con creces las fronteras francesas. A lo largo del siglo XIX sirvió de modelo, directo o indirecto, a numerosas constituciones europeas y latinoamericanas. En Haití, esos mismos principios universales alimentaron el proceso que culminó en 1804. Ese año nació la primera república negra libre del Nuevo Mundo. Sin embargo, esa promesa convivía con una contradicción: Francia proclamaba la igualdad de todos los hombres, pero mantenía la esclavitud en sus colonias. Ya en el siglo XX, la Declaración de 1789 figura entre los textos fundacionales directos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Las Naciones Unidas la adoptaron en 1948, con la participación decisiva del jurista francés René Cassin. Cassin recibiría, más tarde, el Premio Nobel de la Paz de 1968.
El eco del lema revolucionario llega incluso a nuestros días, en la política de otros países. Por ejemplo, figura en el ideario histórico de los socialdemócratas daneses («Frihed, lighed og broderskab»). También aparece en el preámbulo de los liberal-demócratas británicos, que invocan la libertad, la igualdad y la comunidad como valores fundacionales.
Luces y sombras del legado revolucionario
Conviene no idealizar el recorrido. El universalismo republicano nacido en 1789 convivió desde el principio con contradicciones coloniales, sociales y de género que los propios historiadores siguen debatiendo. Además, su difusión posterior fue tan deudora de la persuasión de las ideas como de las guerras revolucionarias y napoleónicas. Estas guerras las llevaron, a menudo por la fuerza, más allá de Francia. Conviene recordarlo cada 14 de julio, cuando se celebra la fiesta nacional francesa.
Del Campo de Marte a las vitrinas del Museo L’Iber: los sans-culottes de la fiesta nacional francesa
Entre quienes tomaron la Bastilla y llenaron después el Campo de Marte no había, en su mayoría, soldados de un ejército regular. Eran, sobre todo, sans-culottes. El nombre —literalmente «sin calzones»— alude a una cuestión de indumentaria antes que de armas. La nobleza y la alta burguesía vestían culottes, unas calzas cortas y ajustadas hasta la rodilla. Por el contrario, los artesanos, pequeños comerciantes, obreros y jornaleros del Tercer Estado llevaban pantalón largo, más práctico para el trabajo manual. A esa prenda se sumaban otros elementos distintivos: la carmagnole, una chaqueta corta de origen provenzal; el gorro frigio rojo, pronto rebautizado «gorro de la libertad»; y los sabots, los característicos zuecos de madera.
Los sans-culottes procedían de los sectores populares urbanos más golpeados por la crisis económica y de subsistencia que azotaba Francia desde 1788. Entre 1792 y 1794 se convirtieron en la fuerza motriz que empujó a la Revolución hacia posiciones cada vez más radicales. Presionaron a la Convención, alimentaron el Terror y actuaron, en secciones y clubes populares, como un poder paralelo al de las instituciones oficiales.
En la Sala 10 del Museo L’Iber, dedicada a la época napoleónica, la vitrina 92 conserva una pequeña columna de sans-culottes en marcha. La escena ilustra bien ese espíritu: un abanderado porta la bandera tricolor, un tambor marca el paso y varios voluntarios van armados con fusil. Se suma una cantinera con su barril al costado y hasta un perro con una escarapela tricolor al cuello, que corre entre las piernas de la tropa. Es un detalle costumbrista frecuente en este tipo de figuras de época.
El taller Compte: tres generaciones de artesanos
Se trata de figuras semiplanas de 120 mm, de fabricación íntegra de Compte. Esta es una de las firmas de soldados de plomo más veteranas de España, en activo de forma continuada desde los años 60. Su fundador, José Luis Gutiérrez Compte, descubrió su afición por la miniatura militar en 1926, con solo siete años. Fue durante una travesía marítima entre Mataró y Sevilla, organizando la formación de unos soldaditos de plomo que guardaba en una caja. Aquella primera afición, bien acogida por quienes la conocieron, marcó el inicio de toda una vida dedicada al coleccionismo. Tras su fallecimiento, en 1969 tomó el relevo su hijo, José Gutiérrez Solana. En 2001, el Ayuntamiento de Madrid y su Cámara de Comercio lo reconocieron como Artesano Tradicional Madrileño.
Esta pieza no la fabricó Chauve: la firma se limitó a comercializarla. Chauve era el nombre comercial bajo el que trabajó el miniaturista y comerciante valenciano Vicente Juliá. Su producción llegó a tener eco internacional: la revista británica especializada Toy Soldier & Model Figure le dedicó un reportaje en su número 22, de febrero-marzo de 1999. En la España de posguerra, Chauve actuó a menudo como canal de venta de talleres artesanos, como el de los Gutiérrez Compte. En esa época, los pequeños fabricantes de soldaditos de plomo compartían con frecuencia red comercial.
Sobre el autor — Alejandro Noguera Borel, Director del Museo L’Iber y de la Fundación Libertas 7. En el mundo del soldadito desde los años 70.
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